Camino a los escombros

 

– Baja al subsuelo, eso, dobla a la derecha ahora. Seguí un poco por ahí, un poco más, para, para ¿ves esa escalera? Bueno no bajes nunca, acordate, cada vez que veas esa escalera, evitala. Es fácil diferenciarla, no es una escalera normal, ese pasamanos del siglo XV da miedo, ese madera curtida y húmeda te hace dudar si se aguanta tu peso o si te hace caer al vacío. Ahora volve sobre tus pasos, solo quería que veas esa escalera aho…

– No, para, para un poco. ¿Qué hay ahí abajo?

– ¿Adonde?

– ¡Ahí! En esa escalera.

– Que parte no entendiste de que ahí no hay que bajar.

– ¡No la puta que te pario! Si no querías que baje, nunca la hubieses mencionado. Ahora quiero saber – reproche enojada y amenace– Decime o bajo.

– Lo vas a lamentar, porque no seguimos y vamos a donde me pediste, después yo te cuento un poco lo que hay ahí.

Pero era tarde, me abalance sobre la escalera y empecé a bajar agarrado de ese pasamanos horrendo que estaba lleno de tela araña.

– ¡Ojo! – Escuche, pero ya era tarde, el escalón cedió ante mi pie y caí al vacío, que sensación más horrenda pensé mientras en mi estómago sentía un frio inusual. Cerré los ojos esperando lo peor.

– ¿Olivia? ¿Olivia estas bien?

Abrí los ojos, ya había aterrizado, no sé dónde había aterrizado pero segura que no en un lugar plano. Cuando afirme mis manos note que estaba sobre una montaña de escombros, en una especie de galpón sin ventanas ni luces. Solo había una claridad muy tenue como la que produce la luna en las noches sin luces artificiales.

– Sí, estoy bien ¿Qué es esto?

– Bueno, esto es lo que nunca tendrías qu…

De pronto interrumpí esa voz invisible con un grito desgarrador, un espejo roto me reflejó, pero no era yo quien se veía y me empecé a tocar mi rostro y mi cuerpo.

– ¡Soy un varón! ¡Mira! Mira mi cara ¿¡Y mi pelo!? ¿¡Mis tetas, no tengo tetas!?

Lleve mis manos a mi entrepierna, me estremecí y grite más fuerte.

Retrocedí del espejo y me tropecé con algo, caí encima de un cuerpo era un niño. Con los ojos abiertos perdidos en la inmensidad, tendría unos cuatro o cinco años de edad.

Me latía muy fuerte el corazón me aleje espantada de ese cadáver o lo que fuese. Pise con cuidado, el lugar estaba lleno de Objetos rotos y demás.

– ¿¡Dónde estás!? – Le grite a esa voz sin dejar de mirar ese niño.

– Acá estoy, ¿te tranquilizaste?

– ¿Qué si me tranquilicé? Vos me estas mirando, ¡Soy un nene, tengo pelotas! ¡Hay cadaveres! ¿Dónde mierda estoy?

– Este es tu inconsciente Olivia.

– ¿Mi inconsciente? Explícate un poco por favor ¿Por qué tengo pito?

– Ah, es que tu viejo quería un varón. Un día lo escuchaste llorar en su habitación y decirle eso a tu madre cuando ella le conto que a tus quince años habías tenido tu primera relación sexual y tenías un pequeño atraso.

Me acerque tibiamente al espejo esquivando al niño tirado en el piso.

– ¿Y ese niño seria yo?

– ¿Quién? Ah, no. No ese es Federico tu noviecito de Jardín. ¿Te acordas?

– Si me acuerdo, a los dieciséis creo, me volvió a buscar.

– Si ese esta por allá, corre ese metegol mira.

– ¿Qué hace un metegol en mi inconsciente?

– Te lo compro tu viejo cuando supo que tu mama estaba embarazada – Ante mi cara agrego – Entendelo Olivia sos la cuarta y última hija mujer. El pobre hombre quería un varón y no se le dio. Y cuando tu mama estaba embarazada de vos los primeros avances de ecografías habían aparecido, y tu papa le pregunto al obstetra que era. Si era un varón, porque él quería un varón. Y el médico le dijo que podía ser, te imaginas. Eso fue suficiente para que te salga a comprar de todo.

Corrí el metegol y encontré el cuerpo de un chico muy parecido de rostro al niño que estaba a unos metros, la diferencia es que este cuerpo estaba destruido, con múltiples fracturas y moretones. Y a diferencia de los ojos del niño que estaban en paz y con la mirada en el infinito. Este los tenía cerrados por los moretones en los pómulos y cejas.

Recordé que cuando lo deje, el me rogo que no lo haga y sufrió mucho.

Me levante y camine un poco, Encontré otros cuerpos que los reconocí. Debajo de unas muñecas encontré a Julieta, con ocho o nueve años, cuando era amiga mía, narigona y con anteojos de lentes gruesos, entre su boca semi abierta de veían esos dientes deformes que sus ortodoncias trataban todavía de emparejar. Me acuerdo que le deje de hablar cuando en vez de viajar conmigo a Bariloche decidió operarse la nariz y ponerse lentes de contacto. Ahora me entere que pasaba horas en el gimnasio y se había puesto extensiones, que idiota.

Mi maestra Norma, de la primaria. Estaba mi abuelo que falleció cuando yo tenía diez. Un vestidito de bailarina todo roto, que me dio angustia al verlo. Siempre había querido bailar, era buena de chiquita pero cuando abrí mi etapa adolescente incorpore el pudor a mis temores y la vergüenza fue más fuerte. A pesas de las insistencias de mi familia, termine dejando y odiando esa actividad.

Encontré una gran pileta, que la reconocí fácilmente. Esa era la pileta de la casa de fin de semana de mi tio, donde de niña tropecé y caí. Me desperté a los minutos escupiendo agua y con toda mi familia alrededor entre lágrimas y llanto. De ahí nació mi miedo al agua, lo había olvidado.

Pero sin dudas el cuerpo que más me estremeció fue el del morocho del subte ese que me manoseo cuando volvía del colegio.

Habia mas personas tiradas por todos lados, algunas no las recordaba pero al mirarlas me invadían sentimientos, aveces odio, a veces sensaciones lindas y cálidas.

– ¿Por qué no querías que viera esto?

– Es impactante y a veces causa mucho daño ver todo con tanta claridad. Aparte no todas las personas tienen esta escalera macabra tan mal escondida.

– ¿Eso es un halago o un insulto?

– Un comentario. Cuando conduzco a las personas a los sueños muy pocas veces suelen tropezar con esa escalera que conduce al inconsciente. La mayoría no la logra ver en toda su vida. Pero ahora vamos, nos tenemos que ir que ya te viene a despertar tu vieja.

– ¿No me puedo quedar un rato más?

– No, dale que la comida esta servida y esta viniendo tu vie…

– ¡Olivia! Dale despertate, no me hagas renegar que son las doce del mediodía, y estamos todos en la mesa – Marta me destapo y me sacudió el hombro.

Trate de enfocar a mi mama pero esta me seguía hablando muy fuerte para un recién despertado y peor aún, para la pesadilla que acababa de tener.

– ¡Si salís y te pones en pedo no es nuestro problema, dale que va a empezar a gritar tu padre!

– ¡Ahí voy!

– Dale, y prepárate que después de comer nada de seguir durmiendo – Marta me apuntaba con su dedo índice y me miraba con dureza – Me tenés que acompañar al súper.

– ¡No mama! Hoy juega Chaca y me voy a la cancha con papa.

Ese día orine cuatro veces de parada.

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