Gaspar y Rapunzel

El morocho con el pelo hasta la cintura caminaba de noche, el misterioso pueblo de Pocas Luces. “El negro Rapunzel” como le decían los lugareños, todas las noches daba vueltas por la zona para hacer saber de su presencia categórica. Ninguna persona del lugar sabía dónde vivía, ni que otra actividad realizaba, si tenía familia. No se sabía nada del negro más qué de su figura por las noches. Había aparecido hacia seis meses por el pueblo. De ahí en más, no falto ni una sola noche.

El pueblo, como bien indica su nombre, carecía de luminosidad pero también adolecía de muchas faltas más graves: de leyes, de presencia policial y de buenos servicios, entre otras cosas. Pero hay algo que sobraba en el barrio, eran los prejuicios y las falacias. Un pueblo en donde, como nunca pasaba nada importante, los lugareños se dedicaban a inventar historias escondidos atrás de las ventanas. Y el negro se había convertido en el personaje favorito de esas historias.

– Era un luchador de pelea callejera – dijo un bigotudo detrás de la ventana sucia del bar andrajoso del pueblo – ¿No ven el tamaño que tiene?, ¡Miren esos brazos!

Algunos asintieron, otros murmuraron.

– ¡No! – Repudió el mozo, sirviendo una copa – No digan pavadas, mi primo me contó que era corredor de apuestas y que, por quedarse con un vuelto, le mataron a toda su familia, ¿no ven esa cara de loco?

El murmullo fue de espanto esta vez, no hubo ni aprobaciones ni desaprobaciones.

El negro se había detenido en seco, en lo que era la vereda opuesta al bar que quedaba cruzando la única avenida del barrio.

– ¿Está mirando para acá? – Preguntó Norma asustada.

– No, Rapunzel mira pero no mira – comentó el carnicero del pueblo que iba por su sexto vaso de vino – Sé de buena fuente, que estuvo internado en el hospital del centro de la ciudad, al borde de la muerte. Los médicos no podían creer que con la sobredosis que tenía, siguiera vivo. Así que es obvio que quedó “tocado” se le atrofiaron los sentidos. Ni si quiera puede enfocar la vista.

– A mí no me vengan con pavadas, nos está mirando a nosotros – Norma cada vez se espantaba más – ¿Y si viene y entra? ¿Qué hacemos?

– ¡Dejá de decir pavadas, mujer! Ese negro no sabe ni girar un picaporte – Sentenció el dueño del bar, que estaba apoyado atrás del mostrador – Tuvo un accidente de chico, se estrelló la cabeza contra el paragolpes de un colectivo y perdió, entre otras cosas, la motricidad fina, camina lento para disimular la torpeza en sus movimientos.

Norma pegó un grito de espanto cuando vio que Rapunzel, muy lentamente había dado un paso hacia la calle, como dispuesto a cruzar en lo que sería una línea recta hasta la puerta del bar. Todos se quedaron callados, conteniendo la respiración.

– ¡Ay no! – se alejó Norma un poco de su mesa, espantada al ver el segundo paso que acaba de dar el negro.

– ¡Tomá Ernesto! Dale una vuelta de llave a la puerta – el dueño del bar le tiró la llave al mozo, que, atropellado salió corriendo a la puerta – ¡Lo único que me falta, que este negro se me meta al bar!

– No va a entrar, tranquilos – Julián, el cómico del barrio, habló calmo y con su tono jocoso de siempre – Ese negro no entiende nada, la otra vez lo crucé cuando salía de mi show y le tiré el chiste de la vieja y el tampón, y me quedó mirando como para que se lo explicara.

– ¡Callate Julián! Ese chiste es malísimo – Un pelado que estaba sentado en el fondo del bar puso su mano abierta al costado de su boca para darle a su grito mayor sonoridad – ¡Aparte qué show si no te va a ver ni el loro!

Algunas risas sonaron y Julián enojado se levantó de su silla y empezó a increpar al hombre pelado. La pelea la detuvo otra vez Norma.

– ¡Cállense y piensen qué van a hacer cuando golpee la puerta! – La mujer seguía mirando para afuera. El morocho ya había pasado la primera mano de la avenida, estaba en el cantero del medio. No se sabía qué miraba por que la oscuridad no permitía visualizar detalles – ¡Si no, la tumba! ¡Capaz la tumba! – agregó la alterada señora.

El ambiente en el bar ya era de vacilación e inquietud. Los murmullos habían cesado, nadie se animaba a decir una palabra más. El cómico y el pelado habían dejado de discutir y volvieron a tomar su lugar en sus sillas tragando saliva, como todos en el bar.

Rapunzel llevaba siempre unos jeans gastados, botas negras de combate y una musculosa gris debajo de la campera de cuero negra y sucia. Nadie conocía su rostro con claridad porque nadie lo había visto a la luz del día. Y ninguno se atrevió nunca a mirarlo tan de cerca en las noches de Pocas Luces.

– ¡Mozo, un whisky! – una voz enferma rompió la insonoridad del bar.

El Mozo qué, luego de cerrar la puerta se había ido al lado del dueño del boliche, detrás de la barra, abrió los ojos con incredulidad.

– Disculpe, señor, pero ¿no ve que estamos viviendo una situación tensa? – Explicó el dueño del bar observando al enigmático sujeto que acababa de pedir otro vaso de alcohol – Por cierto ¿quién es usted?

Todos (menos la aterrada Norma) dejaron de focalizarse en el morocho y pusieron sus ojos en un hombre pequeño vestido como un mendigo. Un clásico sombrero fedora negro con una cinta gris escondía su rostro de la iluminación de las velas. El dueño le preguntó al mozo:

– ¿Y este, cuando entró?

A lo que el mozo se encogió de hombros.

– ¡Le hice una pregunta señor! – el dueño del bar salió de detrás de la barra y se le acercó por la espalda. El hombrecito estaba de frente a la ventana por la cual se acercaba Rapunzel. El incógnito amigo levantó un poco su cabeza dejando ver unas gafas redondas y unos ojos muy pequeños.

– Soy Gaspar – volvió a hablar con esa voz, como una constante carraspera.

Todos lo que los observaban empezaron a murmurar.

– ¿Qué Gaspar? En Pocas Luces no conocemos a ningún Gaspar.

– Si me trae un whisky le cuento.

Todos observaron al dueño intrigado, incluso Norma le sacó los ojos de encima para mirar a Don Carlos. Este titubeó y se dio vuelta para hacerle una seña a su empleado que, tembloroso le acercó un vaso al hombre.

Todos aguardaron en silencio mientras Gaspar le dio un sorbo a su bebida. Luego dejó el vaso y permaneció en silencio.

El miedo se había apoderado del lugar. Tanto afuera como adentro, el ambiente era hostil. No volaba una mosca, las miradas iban de Rapunzel a Gaspar y de Gaspar a Rapunzel. Constantemente.

El negro ya estaba en la vereda del bar, y Norma tenía gotas de sudor en todo el cuerpo, estaba al borde de orinarse encima. Ella soltó un grito ahogado, estaba en una de las mesas más cercanas a la ventana y sentía la mirada del negro sobre ella. Todos dejaron de mirar al hombrecito y miraron con terror lo cerca que estaba el morocho.

Con un movimiento suave, Rapunzel alejó una de las sillas de la mesa que se encontraba junto a otras en la vereda del bar. Y tomo asiento. Estaba a tres metros de Norma y ahora sí, se podía afirmar que la estaba mirando.

– No esperes que vaya a ver si quiere algo – le dijo el mozo con una voz llena de terror a Carlos, mientras se sacaba el delantal que llevaba puesto.

Entonces, el pequeño hombre volvió a llamar la atención con su voz.

– Él no quiere tomar nada.

– ¿Y usted, cómo lo sabe? – inquirió Don Carlos, que seguía detrás del pequeño hombre, pero miraba para afuera.

– Porque lo conozco, – el hombre terminó su bebida de un sorbo y, tras el ruido que produjo el vaso vacío apoyado sobre la mesa, se levantó (no media más que un metro diez) y mirando al dueño del bar, concluyó – él está aquí para despellejar a todos ustedes.

Esas palabras espantaron tanto a todos que se levantaron de sus sillas y se alejaron lo más que pudieron del robusto hombre que estaba afuera observandolos.

– ¡Alguien que llame a la policía! – dijo Carlos mirando al sujeto que estaba afuera.

–¿¡Que Policía!? – Dijo horrorizada Norma.

– Cuando llegamos al barrio, supimos en seguida que era el lugar ideal para otra matanza. ¡Lo que no concebí nunca, lo que no toleré jamás! fue la falta de comunicación que hay en este lugar – Gaspar caminaba entre las mesas ya vacías, que los demás clientes habían dejado al abarrotarse en el fondo del boliche – No hay diarios, ni televisión. Pero lo que es peor, nadie – dijo, señalándolos – nadie sabe historias verídicas. Estuve escuchando horrorizado todas sus historias sobre Rapunzel. Y no puedo creer que no lo conozca, o lo que es peor que digan las barbaridades que dicen. “Luchador, corredor de apuestas” no puedo creer que no conozcan a este asesino.

La única persona que no había abandonado su mesa era Norma. Esta mujer de caderas anchas y pelo enrulado, que había contemplado toda la escena horrorizada, parecía ser la única serena en ese antro.

– Ustedes no saben lo que venimos trabajando para ser reconocidos. Hemos hecho varias masacres en pueblos aledaños. ¡Y ustedes no se enteran de nada! – El hombrecito estaba muy enfadado y estaba intimidando a todo el mundo con sus palabras – Desmembramos cuerpos, matamos con estilo. Y hemos caminado por este puto barrio más de seis meses y nunca nadie ha notado mi presencia fantasmal. Y a pesar del miedo que les genera el negro, nadie jamás salió corriendo cuando se lo ha cruzado.

Norma interrumpió al fastidiado Gaspar.

– Tiene que entender usted, en qué pueblo se ha metido.

Gaspar giro furioso.

– ¡Sí, lo acabo de entender! Seis meses tardé en entenderlo – y lanzó un insulto a todos los presentes y al barrio incluido.

Fue hasta la puerta, le hizo una seña a su compañero, este se acercó y derribo la entrada de una patada.

Todos temblaban esperando su fin.

– ¡Rapunzel! – le gritó su pequeño amigo, a quien ya estaba dentro de la fachada del lugar, mirando a todos con hambre, mucho hambre – ¡Salgamos de este infierno! Que acá nada trasciende.

Y tras unos segundos en los que el morocho contempló muy compungido a su pequeño compañero, como quien mira a quien le promete un plato delicioso y luego se lo arrebata, el negro y el hombrecito emprendieron un camino por la avenida.

Nunca más se lo volvió a ver en Pocas Luces. La “no masacre” tampoco trascendió, los lugareños preferían inventar historias a vivirlas.

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Vicka Boleyn dice:

    No me esperaba muchas cosas; pensé por un momento que Gaspar era un policía, no un asesino :/, lo mismo el Rapunzel.

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    1. Ja, no se me había ocurrido. Puede que la vuelva a escribir, en versión Policial 😊

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      1. Vicka Boleyn dice:

        Jajajajaja, sería interesante leerlo 🙂

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  2. ¡Qué bueno! Muy divertido, y una reflexión interesante la preferencia por inventar antes que vivir.

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    1. Jaja gente rara si las, hay los de este barrio.
      Me alegro que haya gustado 😊😊
      Saludos.

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