Priii!!!

 

Tengo la teoría, de que… No, no es una teoría es más bien una sensación. Sí, tengo la sensación de que por ejemplo, yo mismo, podría trabajar en muchas actividades, desde esas que requieren traje, cigarrillos y mucho whisky. Hasta de aquellas que necesitan de un chaleco fluorescente y hacer, entre otras cosas, aterrizar un avión con aparatos señalizadores en las manos.  Creo que cualquier persona “normal” podría hacer esas tareas. Después, si vos y el piloto no comulgan en el lenguaje de aterrizaje la historia es otra y catastrófica. Pero en fin, la media humana nace con la posibilidad de poder trabajar en una gran baraja de actividades disponibles. Su deseo y su preparación elegirán lo que mejor le convenga de lo disponible. Pero hay trabajos para los que se nace.

Es imposible que una persona normal, bien alimentada, y con conocimientos básicos en su haber. Se le ocurra ser especialista en tanatoestética (maquillar cadáveres) o limpiavidrios de un rascacielos. Nadie sueña con trabajar en el ejército desactivando bombas o ser árbitro. Nadie nace árbitro de fútbol.

El Réferi es la imagen viva de la última evolución humana. Un tipo que ve pasar una pelota a centímetros de sus piernas y no tiene ni la gracia de tirar un caño inesperado, ni el reflejo de patear por patear que a veces me asalta por las noches en los sueños. Un hombre que tiene la cabeza y los sentimientos en grados bajo cero. Una profesión donde solo se reconocen las actuaciones horribles o las que dejaron cierto aire de corrupción en el ambiente, donde solo se vocifera su nombre para insultarlo, para ridiculizarlo. Un trabajo en el que se reconoce a los mejores por ser los menos nombrados y recordados de la historia. Porque nadie recuerda a un árbitro por hacer bien su labor. Un réferi con una carrera intachable, es un réferi en el olvido.

Solo son invitados a programas deportivos luego de una mala actuación para poder defenderse o pedir perdón de manera pública. O una vez retirados se los invita cuando un colega tiene un mal partido y se le pregunta su opinión.

Nunca reciben una ovación de una tribuna. Nunca se llevan el premio al mejor del partido, ni siquiera en el más espantoso cero a cero. Apenas asoman la trompa en la cancha ya reciben los insultos de los cuatro costados, de las dos hinchadas. Solo reciben un aplauso irónico cuando le muestran tarjeta amarilla a un jugador luego de que este cometiera varias faltas. Eso, eso es lo más cerca que va a estar un árbitro de fútbol de un elogio. Un aplauso irónico. Como un chiste viejo de un hombre que entraba a la cancha con el partido empezado y le preguntaba al de la butaca vecina como iban, y cuando el vecino le dice “cero a cero” el recién llegado se levanta y llevando las manos a la boca en forma de tubo grita “Arbitro Hijo de Puta” Así es esta profesión.

Pero difiere de algo con las otras antes mencionadas, algo más que el mero odio que se ganó el trabajo de ante mano. Algo más elemental.

Cuando alguien toma la labor de maquillar un cadáver recibe todos los  elementos necesarios para hacerlo. Quizás lo único que podríamos agregar (y no me consta que no se esté entregando ya) es un hacha por si el agasajado decide volver a la vida.

Lo mismo que un limpia vidrios o uno que desactiva bombas. Estos trabajos no son peligrosos por falta de recursos para realizarlos bien, sino por el peligro contextual que conllevan. Estar colgando a más de cien metros del suelo no debe ser lindo para nadie. Estar sudando con una pinza en la mano, dudando entre un cable rojo o azul sabiendo que en los próximos micro segundos las personas que están en una distancia segura van a poder ver lo que comiste ayer tirado en el piso, tampoco debe ser agradable.

Pero nadie tomaría estos trabajos sin un arnés de seguridad para la altura, o un traje lo más adecuado posible al riesgo de una bomba explotando, o un hacha en caso de la maquilladora de zombies.

Entonces ¿Por qué siguen habiendo árbitros de fútbol si no se les brinda los elementos para facilitar su labor? ¿Quién fue ese engendro que dijo que con la tecnología en el fútbol de pierde la “viveza” del deporte? Construimos bombas atómicas y naves aerodinámicas, pero todavía no concebimos que un simple aparato nos indique cuando la pelota pasa la línea del arco dando por valido un gol. No, esa decisión de la dejamos a un tipo que fue humillado del minuto uno, que recibió cánticos en contra de su madre y hermana. Que soporta a jugadores fingir faltas o increparlo pidiendo una posición adelantada o un lateral que marcó el juez de línea.

Cuando no es la lógica quien acude al problema, lo hace la ventaja. No tenemos otra cosa que pensar que alguien se puede beneficiar con estos errores no forzados. Que alguien manche una profesión respetuosa como debería serlo, la de un tipo que le puede decir “NO” a una pelota, que la minimice a insultos y silbidos. Que uno de estos héroes solo por venganza haya tomado la decisión de perjudicar a un equipo a cambio de dinero u otros beneficios. Solo porque tal vez se le cruzo por la cabeza lo mismo que a mí cuando empecé a escribir esto.

Si todos piensan de antemano que mi trabajo es sucio o malo, qué más da que sea real.

Tenemos la solución al alcance de la mano pero la cúpula decide mirar para otro lado. O son los billetes los que, tan cerca de los ojos, no dejan pasar la hermosa luz del deporte. Que esta sufriendo injusticias forzadas o no, pero que podrían ser evitadas.

Tenemos a un tipo que en medio de una exaltación de sentimientos, que en una caldera de más de cincuenta mil personas dispuestas a todo, que en una parcela de tierra martillada por cuarenta y cuatro botines furiosos con tapones de acero. Tiene los huevos para detener toda esa euforia endiablada con el ruido agudo de un pequeño silbato en su boca. Y en vez de darle el aval de la tecnología para que no haya misterio ni especulaciones, lo largamos a las bestias y a los señores con plata.

 

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