Tormenta Funesta

Lo vi con claridad. Es sarcástico que en semejante noche oscura y funesta haya tanta claridad. Pero lo vi como nunca. Y no me asuste, que es lo que más me sorprendió. Supuse desde siempre, que desde el momento que me enterase que iba a morir, iba a ser un momento de dolor, de sufrimiento y mucho llanto. Pero no, lo asimilé con una cotidianeidad insólita.

Afuera, una tormenta de ráfagas violentas, lluvia fuerte, relámpagos y truenos, se encargaban de hacer temer hasta el más valeroso. Los arboles estremecidos por los fuertes vientos, le entregaban en modo de ofrenda sus ramas repletas de hojas asustadas, a cambio de su integridad. Se sentían alarmas de autos que se activaban llamando a sus dueños, para que los pongan en algún lugar seguro. Yo, observaba el espectáculo por la ventana del living del departamento del séptimo piso donde alquilaba.

En ese momento de reposo visual en la tempestad, el celular suena y me saca del estado de trance en el que me encontraba. Era mi jefe, la alarma de uno de los locales estaba sonando. Y yo vivía a unas diez cuadras de ahí. Me pidió que me acercara y me fijara que no haya nada raro. Fue ahí, doce de la noche, un viernes, de un inicio de verano raro, que supe que me iba a morir.

Creo que no me asuste por el análisis que hice sobre la situación: mi calma, mirar la tempestad desde el refugio, la llamada, la hora, la tormenta desubicada en el calendario… Nada de eso era normal, algo tenía que fisurar esa calamidad que estaba ocurriendo. Había que cortarla de cuajo. Y quien mejor para hacerlo que yo, que me había percatado de la situación.

Me tome cinco minutos antes de salir. Y no lo hice para abrigarme, para buscar un paraguas o cualquier otra cosa que me guarde un poco, de la intensa lluvia o el feroz viento, no. Asumí que era tiempo desperdiciado hacer eso, usar lo último de mi vida en cuidarme de una tormenta, la cual iba a provocar de alguna manera mi muerte, me parecía lo más estúpido por hacer. Lo primero que hice fue, ir al baño. Siempre que he estado haciéndome encima sin tener un baño cerca, se me ha cruzado por la cabeza que horrible seria si me muriese en un momento así. Porque suponía que cuando me aflojara luego de perecer, ya nada le impediría a mi cuerpo despedir lo suyo. Incluso, pongámosle que me dispararan, yo estando mal herido ya tal vez podría no tener fuerzas para seguir reteniendo. Y seria bochornoso que mientras personas tratan de salvarme tengan que estar tapándose la nariz. Porque de ultima una vez que me morí no me afectaría tanto. La cuestión era la imagen que uno dejaba, y la charla luego en el velorio claro… “Lo encontramos todo cagado, pobre” y demás comentarios que avergonzarían a cualquier alma recién flagelada del cuerpo. El hazmerreír de los fantasmas. Un espantoso primer día en un trabajo nuevo.  Luego me miré al espejo, ya había rasgos de cadáver en mi rostro. Mi piel camaleónica se empezaba a asimilar a la madera del cajón, para no desentonar. Me peiné un poco para la foto en la portada del diario. Luego fui a la cocina y tomé líquido para no morir con sed. Que suponía yo, debía ser otra cosa terrible.

Tomé las llaves del coche y salí del departamento a buscar el ascensor. La espera me encontró pensando algo que no había pensado antes “¿Cómo será?” las apuestas pagaban unos pocos centavos por un accidente vial. Un peso treinta y pico por un balazo producto de un enfrentamiento con los malhechores que estaban asaltando el local. Cerca de diez pesos pagaba un resbalón por la lluvia y golpear la cabeza contra el cordón. El resto de las posibilidades ni vale nombrarlas. Durante el viaje en ascensor me la pase mirándome en el enorme espejo que había, tocando mi rostro. Ya casi extrañándolo. Despidiéndolo. Dándole las gracias por lo que hicimos juntos, y reprochándole otras cosas que arruino por su falta de azul en los ojos por ejemplo. O por una nariz más prolija. Igual fue una despedida emotiva, y agradecida, hasta hubo una lágrima de emoción.

Cuando bajé tome conciencia que afuera, la tormenta no se parecía en absoluto a la que se veía por la ventana, era mil veces peor. Ya había árboles que habían desprendido ramas enteras, algunas inclusos sobre algunos autos. No en el mío por suerte. Me reí luego de pensar “que suerte” esa suerte iba a ser que me matase. No como los dueños de los autos de la rama encima, que seguramente se pasarían todo el día de mañana en el seguro de su vehículo reclamando el arreglo de los abollones en el techo y capot.

Todavía bajo el alero del edificio, viendo el espectáculo final más de cerca, ya casi como un protagonista. Tragué saliva por última vez en la vida. Y me entregue a la angustia, a la soledad y a la agonía. La lluvia dolía de lo fría que se encontraba. El viento golpeaba con dureza. Los truenos y relámpagos me ensordecían y cegaban. Por un momento debajo de la cortina de agua, adolecido por el clima y la intemperie, me perdí. En el medio de la calle, me perdí. No vi mi auto, no vi nada. Ni el cielo ni el piso. Nada se oía, nada me apuraba. Y entonces pensé “no me estoy despidiendo de nadie”. Fue apenas un segundo, un instante. Una respiración profunda. Y luego todo volvió. El ruido del viento en los oídos y la lluvia sobre mi cabeza, divise mi auto, corrí a él.

El peso de las gotas parecía una balacera sobre la chapa. Lo primero que hice al subir, fue ponerme el cinturón, sabiendo aún que no iba a arrancar enseguida. Antes tenía que reflexionar sobre lo que me acababa de pasar. Era verdad, no me había despedido de nadie. Y más allá de mi familia, de mis amigos, y de mi novia. Tenía una sensación loca dándome vueltas en la cabeza, como poseído. Y es que la noche anterior había soñado con Lucrecia, mi noviecita de primer grado. Había sido un sueño de esos que te llenan la pansa de emociones. Uno se despierta con ganas, no sabe bien de que, como entusiasmado y sonriente. Es un sueño tonto, donde nada se pasa de sonrisas y algún que otro rose inocente. Pero te deja una sensación de romanticismo increíble. Y a decir verdad, la noche tormentosa me había agarrado mirando hacia afuera desde mi ventana, pensando en ella. En Lucrecia. No tenía su celular, ni su dirección, ni si quiera sabía si estaba viva. La trate de buscar en Facebook pero no me acordaba ni su apellido.

Mi mano derecha introdujo la llave del auto y lo puso en marcha, avisándole al resto de mí, que una decisión trascendental había sido tomada. Si no me podía despedir de Lucrecia, no lo iba a hacer con nadie. Siempre fui caprichoso. Hasta el último día de mi vida.

Al principio pensé que se me habían quemado todos los faroles. Pero enseguida comprendí que la cortina de agua y la oscuridad propia de una tormenta funesta hacían imposible toda visibilidad. Salí despacio y frene en la esquina tratando de observar hacia ambos lados. En realidad, no quería tratar de divisar si venia algún auto o no. Era una calle poco transitada en condiciones normales, peor aún con la tormenta. En realidad, me estaba debatiendo sobre qué dirección tomar. Había dos maneras de llegar: una la de siempre, o prácticamente siempre. Donde tenía que hacer dos cuadras en contra mano hasta tomar una cortada que hacía que saliera mágicamente del otro lado de la vía del ferrocarril, ese era el camino que tomaba en la mayoría de las veces, salvo que se notara que el transito estaba cargado, o vaya con alguien al lado que infunda respeto y tenga muy mal visto estas acciones. Miles de veces pasando por ahí y no me había ligado más que un par de insultos de unos pocos que venían en el sentido correcto. Estaba si no, el camino correcto, el cual te obligaba a hacer cinco cuadras de mas, producto de la vía de ferrocarril que interrumpía los caminos directos. Pensé que la muerte generalmente es injusta, y lo agarra a uno obrando bien. Eso me hizo optar por el camino correcto y menos directo. También influyo el pensar cómo se justifica la muerte cuando uno está en infracción. Se hubiese hablado muy mal de mí, si muriese por conducir en contramano y peor aún si en el choque algún inocente también moría. Tome el camino correcto muy despacio.

 

El viento sacudía el auto, el agua pegaba puñetes en los vidrios y chapa queriendo entrar a toda costa. Había echo dos cuadras donde no me había cruzado con nadie y mi intriga iba creciendo. El corazón me latía lento pero fuerte. No saber de dónde vendría el golpe me crispaba. Entonces casi muero de un susto (que hubiese sido muy estúpido), cuando el viento me arrojo sobre el vidrio del auto un ejemplar del diario matutino. Lo aporreó con fuerza contra la ventana que estaba a mi lado, como queriendo llamar mi atención. Yo me volví a enfocar rápidamente en el camino, pero se me dio por mirar nuevamente el periódico. Solo dos palabras leí, y me detuve en seco, frené de golpe, el diario siguió su vuelo. Si alguien hubiese venido detrás… ahí hubiese terminado todo. Puse marcha atrás y fui lo más rápido que pude, hasta que, sobre una cochera, logre girar el vehículo. Me dirigí a toda velocidad en contramano por el camino correcto, hasta volver a la esquina de mi departamento, donde inicie el recorrido. También ahí podría haber sido, un auto podría haberme llevado puesto por ir en contramano en una calle que nunca lo había echo ni la conocía suficiente. Pero no paso. Y si hubiera sido ahí, hubiera sido por una estupidez quizás. Pero me pareció un mensaje, lo del diario era un mensaje subliminal. Me dirigí a toda velocidad por el camino que tomaba la mayoría de los días, esas dos cuadras en contramano. Ahí vi el desastre y pegue un puñetazo en el vidrio. Me había perdido la muerte. Por estúpido.

 

Ahora me parecía algo obvio, la muerte no improvisa. Seguro proyectó lo mío con tiempo y calma pero sobre todo con estudio. Casi siempre toma el camino a contramano, ¿Por qué cambiaría el día de su muerte? Habrá pensado.

Camino Equivocado” rezaba parte del título del periódico que se estrelló minutos antes en mi ventana, pero era tarde. Hice todo lo posible por llegar. Lo juro. Me baje del auto recibiendo nuevamente la sacudida del viento y la lluvia. Me acerque al cuerpo tirado en el piso, estaba muerto. No tenía cara de que le tocase morir esa noche. Había salido despedido de uno de los dos vehículos del impacto. El otro conductor solo estaba en shock, sin dudas era él. El que me tenía que haber matado. Estuve a punto de recriminarle por haber fallado, pero recordé como fue la situación. Entonces el celular sonó de nuevo en mi bolsillo, vi lo que pude cubriendo la pantalla de la lluvia. “¿Fuiste al local?”. Mi jefe.

 

El corazón me dio un vuelco y con una media sonrisa extraña en el rostro, pensé: “Todavía queda una forma de morir” ¡Los asaltantes!

 

Deje atrás al tipo que me tendría que haber chocado con su auto y al que había tomado mi lugar en el inframundo. Me subí al auto y a toda velocidad arranque esquivando al cadáver y a los vehículos de la colisión. Los seis cruces de calles restantes los hice a ciega y a una velocidad que me hubiese dirigido directo al más allá. También, podría haber pasado ahí, pero parecía que la muerte ya se había resignado. Capaz lo dejaba para otro día, pensé. La cantidad de personas que mueren por día, no creo que reniegue con todas igual.

 

Sentí mucha, pero mucha desilusión. Al llegar al local. Y comprobar que todo estaba intacto. Me baje y revise la entrada pero nada. Enseguida note el ruido de la puerta interior, que producto del viento se abría y se cerraba violentamente. Era eso lo que había activado la alarma. Le conteste el mensaje a mi jefe para que se quedara tranquilo y suspire con melancolía.

 

Tanta expectativa tirada a la basura. Y ahora estaba enojado, ahora no quería que fuese ni mañana, ni pasado. Y olvidarme de esa sensación de que era hoy. Porque si algo me molestaba era estar equivocado.

 

Ya íntegramente mojado y refunfuñando, me subí al auto pegando un portazo. Volví emprendiendo un camino intermedio entre los dos, que nunca agarraba por la cantidad de pozos que hay, para cuidar el auto. Pero me daba todo igual.

 

Fue ahí, a tres cuadras del local. Donde tuve que clavar los frenos y viré bruscamente por culpa de una sombra que cruzaba la calle. Mordí un pozo y el auto se dirigió directo a un poste de luz. Atravesé el vidrio con la cabeza y di de lleno contra la pared. Sentía un líquido que no era lluvia recorriendo mi rostro, solo sentía la pierna izquierda fracturada debajo de mi cuerpo. La sombra se me acerco, era una mujer. Estaba asustada. Tomo su celular para hacer una llamada mientras se tomaba la cabeza entre nervios y desesperación.

 

Le trate de hablar pero no tenía la mandíbula en el lugar. La miré a los ojos, ella también lo hizo. Todavía llevaba esos tremendos ojos verdes claros, fatales. Fue en esa milésimas de segundos, donde creí que sí. Entonces desvió sus ojos con indiferencia, para pedir ayuda por celular.

 

Y así morí. Sin poder despedirme de Lucrecia, y sin que ella me reconociera.

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16 Comentarios Agrega el tuyo

  1. melbag123 dice:

    Bravo!!! Qué bueno estuvo este relato. Me tuvo en tensión todo el tiempo. Muy bueno, excelente.

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    1. Muchas gracias!! 😊😊
      Me alegro que te guste!!
      Saludos

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  2. muy buen desarrollo gracias por compartirlo

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    1. Gracias a usted por leerlo!
      Saludos

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  3. Qué buena historia, me encantó el suspense. No podía parar de leer.
    ¿Libro para cuándo? 😛

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    1. Jaja en Pocas Luces no hay editoriales 😔 vamos a ver qué podemos hacer jaja

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  4. Elficarosa dice:

    Muy bueno y un final espléndido. Un saludo

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    1. Muchísimas gracias!
      Me alegra que guste 🙂
      Saludos, nos leemos

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  5. Poli Impelli dice:

    Buenísimoooo! Intriga hasta el final, me encantó.

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    1. Gracias Poliii😄😄
      Besos!!

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  6. luiszlblog dice:

    Buen relato, jaja pensé por un momento que se salvaría.

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    1. Jaja muchas gracias por la lectura!!
      Cuando te llega la hora te llega jaja

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  7. Capullanita dice:

    ¡Qué genial! Disfruté mucho del relato.
    Ah, y qué bueno que el sujeto fue precavido con sus esfínteres.
    Saludos.

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    1. Jaja muchísimas gracias por la lectura y por comentar, me alegro que lo hayas disfrutado (:
      Saludos

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    2. Jaja muchísimas gracias por la lectura y por comentar, me alegro que lo hayas disfrutado (:
      Saludos

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