El mal de amores del lateral derecho.

La última vez que había visto la pelota, el sol le daba pleno en el techo de la cabeza, y ahora ya le daba sombra sobre el carril derecho. Carril desolado. La redonda iba y venía por el andarivel izquierdo sin muchos ánimos de volver a caerle a él. Tanto el volante izquierdo rival como el lateral, se habían cerrado tratando de ser partícipes en lo que dicen en el futbol, es el trabajo más importante como así invisible: moverse sin pelota, ocupar espacios, cerrar caminos, presionar en bloque.

Èl, en cambio, permanecía en su lugar, ajeno al juego, en la sombra. El “Galgo” González, como le decíamos sus amigos. Estaba totalmente hipnotizado por la prima del dos de ellos, el “Indio”. Mamita, no sabes el ropero del que te hablo. Cuando el galgo me contó en el boliche, que se había enamorado de la prima del Indio. Mira, no sabía si reír o llorar. Primero porque no la había mirado bien y asimilé un parecido físico entre primos. Y te digo algo, si era como el indio, ¡ja! Si era como el indio, al galgo lo íbamos a crucificar de tanto gastarlo. Y bien merecido lo hubiera tenido el muy atorrante. Él, cada tanto se comía un bicho y nadie le decía nada, ahora cuando alguno de la banda se atrincheraba en lo oscuro del boliche con una chica no muy favorecida, es decir como casi siempre, porque, que minas nos iban a dar bola a nosotros. Él no te perdonaba. Ni siquiera le amedrentaba la presencia de la mina, o el beso prolongado. Te hablaba al oido el guacho, te decía cosas, la tocaba para que ella se pensara que la tocabas vos. No, no sabes lo que era. Además, él era el más ganador de la barra, bah, ganador. En esa barra mira… no necesitabas mucho para ser un ganador. Pero bueno, la otra, era que pasaba si el indio se enteraba de lo del galgo con la prima. Cuando la llevo al boliche la primera vez, un viernes de un frio de la puta madre, la presento encapuchada, apenas se le veía las sombras del rostro. Se ve que la piba tenía un frio de cagarse, y no era para menos. “Ella es mi prima de corrientes, se llama Claudia” la piba apenas levanto una mano cerrada que amarraba el puño de su campera con toda sus fuerzas. Ninguno, creo, le presto demasiada atención. Éramos muchos y era normal que cada tanto se sume alguno o alguna al grupo. Y créeme que no tiene nada que ver que este tapada, no es que ¡Ah! Si de entrada la hubiésemos visto con ese vestidito que nos permitió ver cerca de las tres de la mañana cuando ya el calor de la gente había levantado la temperatura, y los tragos y la música la habían hecho olvidar del frio que hacia afuera. No es que si de entrada la veíamos así, la cosa hubiese sido otra, no. Que sea prima del indio, era motivo más que rotundo para ni siquiera cruzar la vista por más que se tratase de la morocha más infernal de todas.

Pero al galgo los peligros lo aligeraban. Como cuando decidía pasar al ataque arriesgando y dejando expuesto su carril para una contra fatal. Como cuando decidía gambetear para adentro, en vez de hacer lo que dios le manda a un lateral derecho de vocación. O como cuando me la daba a mí, que soy el arquero, complicada. Y yo lo miraba con cara de “no vez que la tengo que tirar a cualquier lado, infeliz” claro, me daba la pelota medio picando, y con el delantero de ellos, el Seba, casi encima, aparte ese pelado era rapidísimo. Y yo lo miraba con cara de asesino y él, el hijo de puta tiraba una risita cortita y achinaba los ojos. Como diciéndote, si, lo hice apropósito para que te enojes. Así de guacho era el galgo. Pocas cosas le importaban. Pero esa noche, ese viernes de 24 grados bajo cero. Le golpeé el hombro para pasarle un vaso de no sé qué mierda, mientras hablaba con el Rolo y el Negro, pero no encontré respuestas. Entonces tuve que desenfocar y girar para ver por qué el galgo no agarraba el trago, raro en él. Y lo vi justo.

Ahí me dijo que estaba enamorado.

Mira te cuento y se me pone la piel de pollo, porque de verdad hacia frio. Aunque ahí adentro no se sentía tanto como afuera, hacia frio. Era una de esas noches donde reina el frio. Y te juro, te juro que verle la mirada me hizo olvidar de eso, del frio. Seguí girando para ver que era el causal de esa mirada enardecida. Y vi a Claudia, la prima del indio, sacarse la capucha y la campera abrigada. Que decir hermano, era una morocha diferente. En rosario había minas lindas, y vaya si las había. Pero esta no sé, capaz es ese aire extranjero, aunque se tratase de algunos kilómetros. No sé, pero tenía rasgos diferentes, creo que medio boliche hizo hincapié en Claudia. Ella, de ojos grandes y piel curtida por el sol correntino, mostro unos dientes con ortodoncias al tiempo que bajaba la cabeza acalorada por notar el revuelo que se había generado a su alrededor.

Tenía una cintura, ¡que cintura! Y sobre ese revuelo de observaciones de decenas de aves sedientas esperando el próximo tema musical para asediarla, creo que todos coincidimos en que, a pesar del vestidito a rayas blancas y negro que evidenciaba sus dotes femeninos, le caía encima un aire angelical. O algo así. Y creo que eso nos llamaba más la atención que nada.

Pero el Galgo, ah, el galgo se había quedado helado en una mirada de lava volcánica. Yo pensé que se nos iba ahí no más, que se le paralizaba un hemisferio del cuerpo o algo así. Por el choque de temperatura digo. Qué se yo. Es que el galgo nunca se había enamorado de una mina. Nunca había echo ese papel ridículo. Generalmente era yo, otros de la banda. Él siempre se burlaba de nosotros por eso.

Mira, cuando empezó a sonar una guitarra por los parlantes, fue como el pitido del comienzo del partido. El lateral derecho de mi equipo, junto con otros desconocidos y otros no tanto. Se lanzaron al ataque, como si Claudia, la prima correntina del indio, fuese la hermosa pelota número cinco de gajos gastados y viejas costuras.

Todos notaron enseguida como el Indio corto el avance del resto tomando a su prima de la cintura, todos menos el Galgo. Que reboto contra la espalda del indio, que estaba bailando con su hermosa prima correntina. El indio lo miro con una cara, yo trague saliva. Lo último que quería era verlo pelear al indio, y menos con uno de mis amigos. Porque si, en la barra éramos como veinticinco viste, pero amigos, amigos, yo contaba al negro, el rolo, al galgo y un par más viste. Pero después por lo general, más que algún roce de los partidos de los sábados, todos nos llevábamos bien.

El indio se dio vuelta, para ver qué lo había chocado a la altura de la espalda baja. Y se encontró con el galgo, que miraba a su prima por debajo del brazo derecho del indio, que tenía la misma circunferencia que el torso completo del galgo. El indio flexiono las piernas para quedar a la altura del galgo, y le hablo al odio. Viste, en el boliche no se escucha una mierda. El galgo también movía los labios y gesticulaba con una mano, y el indio empezó a mecer la cabeza en señal de desaprobación. Nosotros observábamos la imagen desde la barra, a dos metros de ellos. Yo asustado mire a Claudia, que seguía con la cabeza apuntando al piso, pero miraba a lo que se veía del leo de refilón, con atención. Luego de unos minutos en los que no sabíamos si íbamos a revolear trompadas o a hacer una ronda para que bailen adentro el galgo y la correntina, el indio volvió a sus dos metros de altura y giro para bailar con su prima. El galgo se nos acercó claramente fastidiado.

Maldijo al indio en todos los idiomas, ahí nos contó que la prima tenia dieciséis años. Y que la tía del Indio se la había mandado para que la cuide, y ver si se “a climatizaba” a la ciudad, así una vez que termine la escuela, poder estudiar acá en Rosario.

Bueno galgo, me acuerdo que le dije, mejor. Capaz que la piba se acomoda y en un año, más tardar dos ya se instala a vivir acá. Seguro se aclimata, si esta ciudad es hermosa, le dije para calmarlo.

El notó mi manejo de los tiempos, esos propios de un arquero. Y me dijo que estaba enamorado. Que quería acercarse a ella. Me impacto lo que me dijo, porque él no era un tipo de esos que piropean y hablan de “La” mina. Sin embargo dejo claro que había recibido un flechazo. Pero que el indio le había prohibido hacerlo, que la tía le había dicho al indio que la prima no se meta en problemas. Y que a cambio de devolverle a la hija sana y salva, ella lo iba a beneficiar.

Claro el indio, laburaba de sol a sol, de repositor en un supermercado chino. Trabajaba domingos, feriados, navidad, año nuevo. Los días que se te ocurran, a la hora que se te ocurra, el indio estaba laburando para el señor Chong. Un chino retacón, que hablaba muy poco el español. Lo salvaba de jugar los sábados al futbol, porque como siempre nos faltaba uno, había invitado a su patrón a jugar, con esa excusa lo dejaba salir si no, no había manera. El chino ni botines tenía, estaba perdidisimo en la cancha de once, lo que nos cagábamos de risa cuando le erraba a la pelota, mira no sabes. La cuestión aparentemente era que si a la prima no le pasaba nada, al indio se lo iba a llevar la tía de Claudia a trabajar a corrientes donde la familia de su segundo marido tenía una buena distribución de embutidos. Te imaginas que el indio no iba a ceder e iba a cuidar a Claudia de todos los peligros que la azoten.

Para que la hace salir al boliche entonces el puto, se quejó el galgo. La miran todos encima, agrego.

El Indio le sacó marcas de encima durante toda la noche, la protegió como protegía la defensa de su equipo. Con rudeza, con presencia y con solvencia. Tuvo que meterle dos cortitos a un borracho que trato de tocar a Claudia a la pasada. El galgo lo quiso ir a buscar también pero el Rolo y el negro lo frenaron. Yo me pase la noche tomando y mirando a Claudia. No por mí, no. La miraba por el galgo, ella lo miró setenta veces. Y el otro boludo maldiciendo al primo y tratando de pelearse con los que la encaraban. La verdad, no sé si estuve bien, a un amigo hay que bancarlo. Pero estaba cagado hermano. No le dije al galgo que ella lo había estado mirando toda la noche porque no quería quilombo. Y aparte le tenía respeto al indio. Un tipo laburante, un número dos áspero, y viste que uno tiene más afinidad con los centrales que con los laterales, eso es así. El arquero se habla más con el dos que con cualquier otro miembro del equipo, siempre fue así. Y si bien él jugaba para los de pechera, teníamos una afinidad y un respeto por el otro por los puestos justamente.

Es más, cuando a las siete de la mañana nos fuimos a desayunar el grupo se disperso rápido. Y en la estación de servicio de calle sarmiento y Pellegrini quedamos  el indio, Claudia, dos locos más que jugaban con el indio y yo. Que no sé porque seguía ahí. Pero olfateaba algo raro. Como que yo sabía que tenía que quedarme ahí. Ese olfato que me había convertido en un buen atajador de penales. Ese que un buen arquero debe tener. Cuando Maxi y el chape, los dos locos que estaban en la estación con el Indio, Claudia y yo, le dijeron al primo de la correntina que iban al baño, el indio pidió que lo esperen que el también iba. Con la dificultad propia de una noche llena de trabajo y bebidas, se levantó torpemente con sus más de cien kilos, sus dos metros y encaro para el baño que quedaba a la vuelta de la estación. Pero a dos pasos de haber iniciado la caminata se detuvo para mirar a Claudia, y luego me clavó la mirada a mí. Con un gesto de guardameta seguro le hice una mirada y un guiño de complicidad, de esos que te dicen, anda tranquilo que yo la cuido. Y el me respondió seguro, y con plena confianza en mí. Lo que te decía antes, la complicidad y el feeling que tiene que haber entre dos puestos tan cercanos y necesarios uno del otro como un central y un arquero.

Cuando el indio se perdió a la vuelta del bar de la estación. Nos miramos con Claudia y hubo un silencio incómodo.

El sol ya se había asomado y nos pegaba directo en la jeta. Las frías temperaturas estaban cediendo. Ella me pregunto dónde vivía yo, quería charlar, era normal pensé. Su primo no la había dejado interactuar con nadie. Ahí comprendía al galgo, ¿para que la llevo la boliche? Al cabo de cinco o seis preguntas, Claudia se deschabo. Me pregunto por el chico que estaba conmigo en el boliche, al principio me hice el tonto, tratando de hacer tiempo hasta que el árbitro me cobre retención, o hasta que vuelva el Indio vuelva. Pero llegó un momento, que me quede sin chances de otra cosa, entonces hice lo más desleal que me toco hacer en la vida. Me sentí una mierda mientras lo dije. Pero que se yo. Uno piensa que hace el bien, y hacer el bien a veces requiere hacer el mal o decir mentiras. Le dije que no tenía sentido fijarse en él, que a él le gustaban los hombres. Si, te juro que eso le dije. Ella abrió los ojos a un nivel que yo creía que se le iban a salir de las cuencas, se rio como se ríen las correntinas supongo, y me dijo que no podía ser. Le dije que sí, y que todos lo sabíamos, y no lo discriminábamos. Que por ahí en su provincia todavía se hacían chistes con homosexuales, pero que acá ya habíamos avanzado como sociedad. Por suerte justo llegaron el indio y sus amigos e interrumpimos la conversación. Me sentí agraciado de tener que dejar de decir pelotucedes.

Todo quedo ahí, tuve que mentir, después me sentí como el orto, porque yo más que nadie le había visto la cara, la mirada, el fuego al galgo. Quien era yo para hacerle perder a la mujer de su vida, que clase de amigo se porta así con un igual. Esa noche no dormí un choto. Pero no tanto por lo que le dije, sino más bien por el partido del domingo. Porque ahí, en la estación yo me había enterado por el indio, que la prima iba a venir al partido y esa era una nueva posibilidad para verlo al galgo, eso me aterraba. Me pase el sábado pensando en eso. Como no se me ocurrió decirle que tenía novia por ejemplo que se yo, a esa altura todo me resultaba dañino. Pero decirle que era gay me pareció mucho.

Pero ahora comprobaba mis miedos.

El galgo se quedaba en la sombra desconectado del partido, cerca de donde estaba Claudia, sentada en canastita en el césped. Yo le gritaba para que se metiera en el juego pero nada. Para colmo ella le sonreía. Mi mirada iba desde la pelota al indio, desde el indio al galgo y desde el galgo a la correntina. No sabía qué hacer. Cuando damos por concluido el primer tiempo veo que el indio sale como un rayo para donde estaba su prima, quien interactuaba con el galgo a tres metros de distancia. Yo también salí disparado para tratar de apaciguar todo.

El indio le preguntó qué pasaba y que hacia tan cerca de su prima, el leo se rió y levantó las manos diciendo que no estaba haciendo nada. Ella también se rio distendida y calmo a su celoso primo. Yo llegué agitado. Me había sacado los guantes por si había que pegar. Pero el indio agarro a la prima de los hombros y se la llevó al otro lado de la cancha, donde ellos tenían los bolsos. El galgo se quedó chistando y putiandolo en voz baja, mirando como los primos se alejaban hablándose al oído.

En eso, mi pesadilla comenzó.

El Indio se echó una carcajada que escuchó todo el predio. Y miro al galgo con desprecio y burla. Ella lo miró incomprensiva ¿No que acá ya no hacíamos chistes de homosexuales?

El galgo tomo esa mirada de la peor manera y le grito si se reía de él, el toro se paró en seco. Y le dijo que sí, que si tenía algún problema. El resto de los jugadores de los equipos se empezaron a acercar. Me tuve que meter al grito de “ya está, ya está” y llevándome al galgo para el otro lado ayudado de los muchachos.

De que se ríe este imbécil, decía al galgo. Todos los calmaban.

El segundo tiempo arranco picante, en cada cruce había chispas. El toro lo agarró al rolo, que se le dió por tirar una bicicleta cerca de él, y lo levantó para arriba que casi lo quiebra. El negro lo sacudió al galgo en la nuca, cuando vio que este habría la boca para armar quilombo. Para colmo el indio lo miraba burlón. Es más, todo el equipo rival lo miraba burlón. Lo saben todos pensé, al borde del desmayo.  Encima le tapé un pelotazo terrible al indio, que había cruzado galopando media cancha con la pelota sin que nadie se le atreva a sacársela y le metió un puntazo impresionante. La pelota me pico delante de la jeta. Por suerte puse el cuerpo y la mande al tiro de esquina. Y el pobre galgo me vino a abrazar. Pobre, si supiera la traición que había cometido.

Lo peor ocurrió en el final. Faltaban cuatro minutos más o menos. Hay un córner izquierdo para nosotros. El galgo salió corriendo para tirarlo, claro la prima del indio estaba ahí, con los bolsos de ellos. El indio al ver la escena enfureció. Pero ¿Qué podía hacer?

Ahí, me contó el rolo, que se había acercado para jugar el córner corto. Que el galgo tomó carrera larga, y quedo a dos metros de la correntina más o menos. Y le dijo: “Si hacemos el gol en esta jugada, ¿salís conmigo?” y que ella le respondió entre risas “¿Para qué? Si me conto tu amigo que te gustan los hombres” el leo le pego al banderín y la pelota le salió mordida yéndose directo al saque de arco, entre las risas de los rivales y del indio.

El galgo le preguntó quién había sido, y ella me señalo.

Yo me había acercado hasta la mitad de cancha. Y percibí todo. Cuando el galgo se me vino al humo me quede quieto y con la guardia floja, me la merecía, hermano.

Después de todo, el galgo enamorado me resultaba una persona distinta al amigo que siempre tuvimos. Casi desconocida.

Me dijo de todo, que porque le hice eso, que vaya y que le explicase que todo era mentira. Yo me defendí aduciendo que quería salvar los domingos de futbol, que si él se peleaba con el indio no íbamos a jugar más. El resto de los jugadores se nos acercaban yo estaba tenso. El galgo me miró con bronca: “te sangra la nariz” me dijo lleno de ira. “Te tendría que romper la cabeza” agrego.

El negro y el rolo no entendían nada, pero insistieron, junto con los demás, para que terminemos el partido.

No va que en la última jugada el indio toca la pelota con la mano en el área. Para colmo se quiso hacer el boludo.  Pero el galgo salió corriendo gritando “¡Penal, penal, lo pateo yo!”

El indio agarró y le sacó los guantes al arquero. Se paró en el arco “dale putito, patea, pero como hombre” se armó un tumulto nos metimos todos a separar al galgo que se lo quería comer. Yo me metí también, se pateaba el penal y terminaba. Asique crucé toda la cancha. Aparte sea cual sea el resultado de ese penal, nada podía evitar las trompadas posteriores, estaba cantado.

En eso siento que me tironean la camiseta. Era Claudia, enojada. Claro, se dio cuenta de la situación, de la burla del primo, de la trompada que me puso el galgo. Y me preguntó si le había mentido, le dije que sí. Que me perdone, pero que no quería que su primo lo matase a mi amigo. Ella se alejó mirándome con bronca. Fue y se paró detrás del arco.

Ya se habían separado, el indio se burlaba del galgo, éste en cambio, se había concentrado en la pelota. Quería convertirle más que nada en el mundo, más que salir con Claudia creo.

El indio notó que su prima se había acercado a la jugada, y decidió poner más picante la situación. Le dijo a todos que si el galgo le hacia el gol, le daba a su prima de recompensa. Todos se rieron, el galgo le dijo que aceptaba. El indio agrego “total más que pedirle que le presente un amigo que le va a hacer” el galgo no le contesto.

Era su oportunidad. Batir al indio no iba a ser fácil. Era una morsa gigante, tapaba bien todo el arco. Si no hubiese estado enojado conmigo me podría haber pedido un consejo sobre hacia donde creía yo que se iba a tirar el indio. Pero no iba a pasar. Ni me había vuelto a mirar a la cara.

El galgo tomo carrera. Trague saliva. El indio se adelantó un paso para achicar el arco. Claudia se estaba mordiendo el labio de los nervios. El negro y el rolo se le colocaron a los lados del galgo, para lo que podía llegar a venir después.

Pero entonces, la desgracia.

El remate del galgo salió a una velocidad inusitada, con una violencia atroz, impactó en el palo derecho y le dio de lleno en la frente a la prima correntina del indio. La piba pegó el grito de su vida. Todos nos agarramos la cabeza, pensando lo peor.

El indio miro al galgo como para matarlo, pero salió corriendo a donde estaba su prima que había caído como una bolsa de papas y no emitía ningún sonido.

A la noche nos enteramos lo peor, la piba había perdido la memoria. La tía le dijo de todo al indio, y que se olvide de ir a corrientes. Pero lo peor, el galgo, hermano. Estaba destruido.

Le había borrado la memoria, al amor de su vida y de un pelotazo.

Y bueno, por lo menos se olvidó de mi error. El galgo no, la correntina. El galgo me lo recordó unas semanas más, hasta que después todo volvió a ser como antes.

Después de todo, si el mal de amores del galgo implica amistad y fútbol eterno, bienvenido sea, viejo.

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11 Comentarios Agrega el tuyo

    1. No es una posición fácil…

      Le gusta a 1 persona

  1. teresa dice:

    muy interesante

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  2. blogcastizo dice:

    El lateral derecho… o vas o te quedas, pero nunca en medio. Decía Toschack que el lateral que no acaba en central y el que va en la grada.

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    1. jaja, Toschack es un loco hermoso y sabio.
      Saludos y gracias por la lectura!

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  3. metziadebir dice:

    Porqué le decís correntina? Pero me parecía estar en un partido de futboll, de esos donde participan equipos de América del Sur. Genial, buen sabor con tus cuentos.

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    1. Jajaja gracias!!
      En Argentina hay una provincia que se llama Corrientes y a los lugareños se les dice así, correntinos.

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      1. metziadebir dice:

        Acá se le dice Correntina a alguien corriente, suena como a una mujer de clase pobre… tiene una connotación de a que clase social pertenecés… Gracias por la aclaración.

        Le gusta a 1 persona

  4. Había leído tu historia, pero hasta ahora logré terminar tu final. Me recuerdas a Rodrigo, contaba las cosas como vos, con picardía. Saludes.

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      1. De nada Fabian. Me agradó leerte. Puedo hacerte unas preguntas serias?

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