La leyenda del viejo que escribe.

Agosto del dos mil siete, yo no llegaba a la mayoría de edad. Y lo ví por primera vez. Andrajoso, debajo de la galería de un kiosco que había cerrado hace años. El viejo no paraba de escribir. Me llamaba poderosamente la atención, ese viejo enfrente de casa. Mi madre me vio observando la ventana todo el día, y me preguntó qué era lo que estaba curioseando tanto. “Ese viejo de ahí” ella se acercó y frunciendo el ceño trato de observar a través de la calle. “¿Qué viejo? No veo nada”. No le di importancia, mi madre sin sus anteojos no veía a un metro de distancia.

Cinco de agosto del dos mil siete, me pasé todo el domingo de lluvia observando al viejo. Me hipnotizaba, zaparrastroso con su lápiz y papel, escribiendo enfáticamente, hundiendo el lápiz contra la hoja, casi apuñalándola. ¿Qué hacía? ¿Qué escribía?

Llegó el sueño y el viejo seguía escribiendo, ofuscado por la incertidumbre eché el último suspiro contra el espejo. Y fue como si él lo hubiese sentido, me asusté. Cuando suspiré, detuvo su lápiz, y levantó la mirada. Me sentí atravesado por la mirada. Fue un instante casi de introspección. Tras unos segundos el viejo bajo la mirada y escribió aun con más furia.

El lunes salí hacia el colegio, estaba cursando mi último año. Al salir de mi casa automáticamente miré la galería del kiosco. Vacía. Ni rastros de aquel viejo raro, me acerqué al rincón del piso donde el hombre había pasado horas y horas. Buscando un papel, un pedazo de lápiz quizás. Algo, un indicio de que era real. Nada.

Martes, miércoles, y el resto de la semana. Y nada. El viejo parecía un invento de mi imaginación. Les hablé a un par de personas mi intriga. Sus opiniones carecían de interés y de creencias. Y realmente no sé para qué carajo se los conté. Es verdad que me apretaron para que les cuente que me sucedía por mi estado de trance en el que el viejo me dejó. Pero no era algo para contar, ni una anécdota, ni una historia, no había pasado nada. Alguien desconocido, afuera de mi casa, escribiendo, ¿Qué tiene de interesante? Absolutamente nada, claro está.

Sábado a la noche, busqué leyendas en Internet sobre un viejo que escribía. Una especie de llorona, hombre lobo, algunas de esas leyendas o historias de asesinos, demonios y demás. El viejo quizás era algo de eso. Nada. Nadie redactaba algo similar. Nadie se jactaba de haber vivido una experiencia igual. De pasarse todo un día, mirando por la ventana. A un viejo destartalado y vagabundo. Escribiendo. Me acosté resignado. Sabiendo que debía de abandonar esa obsesión. Que debía volver a mi vida cotidiana. Y hacer de cuenta que nunca vi nada. Convencerme de que era un vagabundo. ¿Qué más? ¿Tanto misterio? Simplemente un hombre como miles en su situación, escribiendo. Nada de raro. Tal vez dibujaba, ¿Por qué no? Tal vez solo garabateaba algo. Quizás mi rostro en la ventana. ¿Y si quería matarme? Sacudí la cabeza en protesta de mi adolescente imaginación. Y se me ocurrió algo. Algo que nunca había hecho. Y me emocione por la novedad.

Me estaba por dormir, pero me levanté. Encendí el velador sobre el escritorio de mi pieza. De mi mochila escolar saqué una hoja en blanco y un lápiz. Sonreí, no sé por qué. La panza se me lleno de espacio y empezó a vibrar. Me temblaba la mano que sujetaba el lápiz. Y sin más preámbulos, hundí el lápiz sobre el papel. Solo hice un punto, dejé el lápiz ahí, haciendo fuerza sobre el papel, ejerciendo presión. Como acelerando sin cambio. Como calentando un motor. Y no supe seguir. La hoja en blanco me apabullo. La miraba y parecía que se me venía encima. Entonces hice lo que hizo el viejo cuando me miró. Como molesto, ejercí más presión sobre el papel y con una letra horrible y oscura escribí: EL VIEJO QUE ESCRIBE.

Más de una hora me llevó detallar lo vivido hacia casi una semana. Y cuando terminé, levanté la hoja y la miré orgulloso. Claramente no por la ortografía o la prolijidad, sino porque era la primera vez que redactaba algo, por mis propios medios. Sin obligaciones, ni ejercicios escolares. Guarde la hoja en el cajón del escritorio, apagué la luz y me dispuse a acostarme.

Comprobé el domingo a la mañana, que el escribir me había relajado, que el volcar una situación al papel me descomprimió la cabeza. Sonreía sorprendido, de haber aprendido algo nuevo, de una situación tan insignificante. No le contaría a nadie este nuevo poder que había adquirido. Y me propuse ejercerlo en todas las formas posibles.

Bajé a desayunar con una sonrisa estoica en el rostro. Mis familiares comían pan tostado con mermelada y me miraban como si yo fuera un extraterrestre. El que sonríe hoy en día, es un bicho raro. Pensé mientras me metí un pedazo enorme de tostada en la boca. Y me sonreí de nuevo con la boca llena. Otra cosa había descubierto. A mi voz interior, le gustaba escribir.

Mi padre me saco del ensimismamiento en el que me encontraba. Y me cambio el día. Borrándome la sonrisa, la seguridad, la autosuficiencia, todo.

“Otro domingo de lluvia la reputísima madre”

Me levanté como un autómata. Y caminé lentamente hacia la ventana del living. Temblando de cuerpo y alma. Ví súbitamente, detrás de la cortina de lluvia, detrás de los autos que pasabas con sus luces encendidas a pesar del horario diurno, al viejo sentado en el piso debajo de la galería del kiosco, escribiendo.

Apoyé las dos manos contra la ventana, parpadeé y enfoqué mejor la mirada. Era un viejo, un viejo real. Con su barba enmarañada y desarreglada. Con sus trapos viejos encima. Con sus manos sucias tomando un lápiz y escribiendo, sobre una hoja blanca. Extrañamente blanca, resaltaba entre todo los gris de sus trapos y su cuerpo sucio y su barba peluda.

Ahora me miraba. Y yo a él. Sin disimulos, asombros o fastidios. Nos mirábamos. Y hasta podría jurar que lo vi sonreír, bah, sonreír, hacer una mueca como de satisfacción debajo de esa barba asquerosa.

La lluvia empezó a golpear estrepitosamente la ventana haciendo que se me dificulte verlo. Sólo la silueta del viejo se aparecía cuando los autos dejaban ver el otro lado de la calle. Luego cambiaba la dirección de la lluvia y otra vez lo veía más claro.

Mi madre me avisó que estaba servida la comida en la mesa. Lo que me hizo notar que hacia horas estábamos mirándonos con un extraño viejo. Al entender mi madre que no iba a obtener respuesta alguna, se fue hacia el comedor y pude escuchar que le dijo a mi papa “Otra vez tu hijo esta pelotudo en la ventana” pero no me importó. Porque no podía abandonar mi puesto, no señor. Pensaba que este anciano había sido una alucinación. Pero ahí estaba, y mirándome. Y ahora si sonreía el hijo de puta. Sonreía altanero. Me levantaba la cabeza, era una invitación a que me cruce y nos enredemos entre trompadas y patadas. Pero ¿y si no estaba solo? Seguro salgo y son más de un viejo, muchos viejos. Viejos que me secuestran, me sacan los órganos y los venden. Y luego con lo que le pagan van y compran hojas blancas y lápices y van a atormentar a otras gentes. Una secta de viejos hijos de putas.

Se me ocurrió algo, una forma de fastidiarlo. Subí hasta mi habitación, tarde no más de treinta segundos. Volví a la ventana con una hoja en blanco y un lápiz. Y empecé a escribir: EL REGRESO DEL VIEJO QUE ESCRIBE. Si era un desprolijo escribiendo sentado sobre una mesa, imagínense parado contra la ventana, con un ojo en el papel y otro en el viejo.

El viejo, ¡Ja! Cuando me vió con el papel y el lápiz. Se puso loco. Se paró. Y vi como enfocaba los ojos, como si no pudiera dar créditos a lo que veía. Como si yo fuese un producto de su imaginación.

Me regocije de verlo así. De sacarle esa actitud socarrona al mirarme. Yo ahora lo miraba como diciendo “¿Te pensabas que eras el único que sabía escribir, idiota?”

El viejo avanza y yo doy un paso atrás. Avanzó un paso y me miró. Me puse en alerta. Miré para atrás y justo paso mi hermana mirándome, meneando la cabeza de un lado al otro, como pensando que soy idiota. Pero no, estoy en medio de una lucha. Con un viejo que me quiere matar. Ya esto es personal. Estaba solo, yo y el. Ambos, en un mano a mano. El da otro paso y ya queda afuera de la galería vieja del kiosco. Se empieza a empapar. Automáticamente como con lastima, miré su hoja, en su mano, baja, pero empezando a humedecerse poco a poco. El viejo ya no dio uno ni dos, sino más de seis pasos. Un auto lo separa del último carril y mi vereda. El auto pasa, el viejo me mira directo al fondo de mis ojos. Tiene ojos color cielo. No los distinguía de lejos, por un momento me olvide de temer. Pero entonces, del otro lado de mi ventana, el viejo se apoya sobre la ventana con una mano, con la libre.

El balcón de la habitación de mis padres del primer piso lo protegía del agua. Yo tragué saliva, miré para atrás pero no había nadie. Volví a girar y me asusté. El viejo tenía el rostro pegado a la ventana y me escudriñaba científicamente. Sus ojos eran dos faroles, y me mostró los dientes debajo de la peluda barba, amarillos. Me señaló la puerta, y entendí. Quería hablar, llegar a un acuerdo.

No tuve miedo, porque traté de no pensar en ello, pero le abrí la puerta sin pensar en los viejos que podían estar escondidos, o si este de un tiro me mataría ahí no más, o cualquier otra proyección funesta y futura.

Éramos un joven y un viejo a un metro de distancia, yo, una mano en el picaporte del lado de adentro, para cerrarlo con fuerza  y rápido si el viejo intentaba algo, y en la otra mano el lápiz y el papel. Él, una mano apoyada en el marco de la puerta y en la otra el lápiz y el papel.

– ¿Dime tu nombre, niño? – jadeó con una voz llena de carraspera.

– Fabián – respondí tratando de sonar seguro, tratando solamente.

El viejo se enojó.

– ¡Nombre completo, niño!  ¡Dime tu nombre completo!

– ¡Fabián Ezequiel Terrazzino! – le grité yo también, sin tomar conciencia de la información que acababa de brindarle a mi archienemigo.

El viejo tras mirarme fijo, soltó el marco de mi puerta, tomó el lápiz y empezó a escribir en el papel, hasta que llegó un punto en que se detuvo y me preguntó.

– ¿Terrazzino con “s” o con “c”?

– ¡Con doble “zz”! – se lo dije mal, otra vez sin reparar en que seguía brindándole información a quien no debía. Pero estaba harto con el tema de mi apellido y lo mal que lo escriben todos.

El viejo termina de escribir y tras mirarme, se da vuelta y se empieza a alejar. Me sacó a pasear en el primer round, pensé. Y traté de empatar el partido.

– ¡¿Tú, cómo te llamas?! – grité y di un paso al frente.

El viejo se dio vuelta para mirarme mientras terminaba de cruzar, y lanzó una carcajada. Como si nada hubiese pasado se volvió a sentar y siguió escribiendo.

– ¡Enseguida lo sabrás! – me gritó al notar que yo seguía en la puerta esperando una respuesta.

Cerré la puerta lleno de dudas y miedos.

Me acerqué un sofá individual a la ventana y me quede dormido sentado. Mirando al viejo pensar y escribir, pensar y escribir, pensar y escribir.

Un pequeño sonido me saca de mi insomnio. Y me pegué al respaldo del sofá lo más que pude del miedo. Estaba oscuro, tanto en el living, por no haber ninguna luz prendida, como afuera en la calle. Era de noche, y tenía a un viejo barbudo de ojos cielo pegado a la ventana mirándome dormir. Sus manos volvieron a golpear la ventana y me señalo nuevamente la puerta.

Me costó mucho pararme. Me sentía aturdido. Prendí la luz. Y me estallaron los ojos. Cuando me aclimate un poco note un papel al costado del sillón. Un mensaje de mi familia: habían salido y no sabían a qué hora volvían, que si salía de mi estado de estupidez, en la heladera tenía comida. Ahora me golpearon la puerta. Y el viejo ya no estaba en la ventana. ¿Habrá visto salir a mi familia? Seguro que sí. ¿No es su oportunidad para matarme? Seguro que sí. El viejo se apareció en la ventana enojado y me hizo señas enfáticas dirigidas a la puerta. Casi como una orden, fui y la abrí.

– Tizzianne Frabelo Zerequia – me escupió al hablar.

– ¡¿Qué?¡– le pregunté agresivo mientras me secaba el rostro.

– Ése es mi nombre – me dijo sonriendo. Y me extendió una mugrosa mano.

Un acto de caballerosidad entre dos enemigos, le extendí mis manos y casi sin asco se la estreche y la sostuvimos el tiempo que él quiso.

– ¿Qué escribes? – me preguntó.

No podía de ninguna manera mostrarle lo que había escrito. Era casi un insulto hacia él.

– ¿Qué escribes tú, viejo?

El viejo sonrió emocionado, parecía que deseaba con toda su alma que le preguntase eso.  Se emocionó tanto que paso a mi casa y se sentó en un sofá.

– Historias – lo dijo excitado, como un niño. Y empezó a sacar papeles de los bolsillos de todas sus viejas prendas.

Contrariado, cerré la puerta lentamente y me senté en otro sofá.

– Historias que veo, historias que olfateo, historias que vivo. Todo lo que veo, cuenta una historia.

Yo lo miraba atento sin saber que decir, porque entendía que todavía no había terminado de expresarse y redondear la idea.

– Leyendas, mitos, historias, escribo para no olvidar, y porque es lo único que tengo. ¿Te gustaría escuchar alguna? Tengo una que seguro te gusta.

– Adelante, Tizzianne – traté de ser cortes, esperando que lo que me cuenta sea breve así evitaba que mis padres me vean con el viejo en mi casa.

El viejo se excitó con mi respuesta y empezó a entreverar sus papeles hasta que dio con el que quería. Lo golpeó con los dedos, emocionado.

– ¡Este es! Lo llamo “la leyenda del día sin sol”

– Buen nombre.

– Más que bueno, ya verás.

Se acomodó en el sofá y solo pude pensar en cómo quedaría cuando el viejo sucio se levante. Y que explicaciones daría sobre el caso. Tras mirarme con sus penetrantes ojos, comenzó:

“Cuentan los transeúntes de Pocas Luces, un pueblo perdido en la infinidad del mundo. Que hubo un día recordado por todos, un día que fue eterno, milenario. Un día que duro muchos años. Un día que cada tanto regresa, un día que nace cuando nace un niño y muere cuando éste agarra una pluma”

El viejo me miró esperando algo de mí, no sé bien que era.

– ¿Terminó? – pregunté iluso.

– ¡Claro que terminó! – dijo el viejo contentísimo – ¿y que te pareció?

Moví mi cabeza buscando que alguna palabra se me caiga del cerebro a la boca, revoleando los ojos para todos lados. Deseaba algo corto, pero no espere que tanto. Estaba al borde de decirle que me lo relea cuando veo que empieza a buscar más papeles. Llevé una mano a mi frente abrumado por la insólita situacion.

– ¡Espera, tengo una extensa continuación!

“Dicen las malas lenguas, que hubo alguien, un hombre enigma, del que poco o nada se sabe, que llevo luz al pueblo Pocalucense, a cambio de una prenda”

– ¡Wow! Eso sí fue bueno.

El viejo se emocionó y me dio las gracias por valorar su trabajo. Y volvió a hurgar sus papeles. Yo buscaba la forma más amable de sacar a este chiflado de mi casa.

– ¡Y lo concluí aquí, con una frase que le encanta decir al hombre que lleva luz al pueblo!

“Las almas inocentes viven las noches más oscuras, y en penumbras suplican un interés gravitante, que haga al mundo más brillante y le saque este oleo a los días. Pocos saben que la llama no la enciende más que uno, y se enciende desde adentro. La curiosidad cruje más fuerte que la madera en las llamas del saber”

Todavía estaba pensando sus últimas palabras, las cuales me parecieron mejor que las anteriores. Cuando el hombre se levantó. Y sin previo aviso, saludo, nada de cortesía, rompiendo casi una hermosa corta y extraña amistad, abrió la puerta de la casa y de dispuso a marcharse.

– ¡Tizzianne! – lo llamé, mientras este abandonaba la fachada, es que las hojas que trajo, las que contenían sus historias habían quedado sobre el sofá – ¡Tizzianne sus papeles!

Tomé los papeles y salí a la vereda, ya no llovía, estaba muy oscuro. Solo le veía la sombra.

– ¡Tizzianne!

– ¡No me llamo Tizzianne, niño! – me gritó el viejo terminándose de perder en la oscuridad.

Le estaba por gritar por última vez que se olvidaba sus papeles cuando reparé en que estos, más de quince, casi veinte hojas blancas de papel. Estaban vacías de contenido. Solo una de ellas estaba escrita, con mi nombre, repetido muchas veces, con letras tachadas y borrones. En el comienzo de la hoja estaba mi nombre claro, y poco a poco se iba transformando en el seudónimo “Tizzianne Frabelo Zerequia”

Cerré la puerta lentamente y me deje caer en el sofá de frente a la ventana.

El viejo me tendió una trampa, me sometió a la curiosidad, me obligo a escribir, me mintió en la cara, uso mi nombre para crear el suyo, me leyó una historia que me hizo vivir y que nunca existió, me trajo la luz de la escritura a mi vida. Y por si fuera poco. Como si todo esto no bastara. No sé en qué momento me robo la media del pie izquierdo.

 

“Yo sólo poseo una de las menos importantes cualidades necesarias para escribir: la curiosidad”

Doris Lessing

 

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27 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ¡Y menos mal que al pequeño Fabián ni le extirparon los órganos ni le mataron! Aunque, si bien es cierto, pienso que se expuso ante un gran peligro al dejar entrar a ese chiflado en casa…con esas pintas…no parecía muy seguro. Pero, después de la lectura de esta leyenda, ahora sé que el viejo es inofensivo. Le dejaré, también, entrar. (eso sí,cuidaré bien mis medias)
    😉

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    1. Igual para mí, el pequeño Fabián. Luego de entender, le hubiese gustado invitar al viejo a su habitación y tras ofrecerle hospitalidad, secuestrarlo y arrancarle una a una sus historias. Y así nutrirse más. Y quizás encontrar debajo de los trapos del viejo, un tesoro de prendas robadas.
      Y no andaría hoy en día, sin una media por la vida. 😊
      Muchas gracias por la lectura!
      Saludos!

      Le gusta a 2 personas

  2. Me ha encantado tu cuento! Esperando el próximo.

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    1. Muchísimas gracias! Por la lectura y por comentar. Saludos! Nos estamos leyendo.

      Le gusta a 1 persona

  3. manoloprofe dice:

    ¡Gracias por la historia Fabián! Estoy mirando por la ventana para ver si llega el viejo Tizziane, pero en Lima nunca llueve… ¡Qué suerte tienes! 🙂 🙂 🙂 ¡Abrazo! 🙂 🙂 🙂

    Le gusta a 2 personas

    1. Jaja! La lluvia es fundamental para el viejo, adicto a el olor a baldosa húmeda. Muchas gracias por la lectura profe!
      Saludos, nos estamos leyendo.

      Le gusta a 2 personas

      1. manoloprofe dice:

        ¿Será pariente de Ilona? (“Ilona llega con la lluvia” de Álvaro Mutis) 🙂 🙂 ¡Placer leerte! 🙂 🙂 🙂

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      2. Sospecho que los amantes de la lluvia pertenecen todos al mismo árbol genealógico. Saludos!

        Le gusta a 1 persona

  4. Cautiva de este cuento y sin querer salir de el
    Feliz día de viernes

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    1. Muchas gracias Úrsula! Saludos, nos estamos leyendo.

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      1. De nada, Fabian. Ha sido un placer leerlo!

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  5. Sony Rojas dice:

    Me quedé sin palabras! No sé qué decirte más que fue lo mejor que he leído hasta hoy en un blog. ¡Por Dios! Sigo impactada. Nunca dejes de escribir, por favor.
    Felicitaciones!!!

    Le gusta a 2 personas

    1. Yo no tengo palabras para semejante halago, muchas gracias de corazón. Nos estamos leyendo, saludos!

      Le gusta a 1 persona

      1. Sony Rojas dice:

        Ojalá tuviera un poco de ese talento para poder escribir algo decente😂 de momento toca seguir mejorando!

        Le gusta a 2 personas

  6. Engancha muchísimo la historia.
    Me imaginaba al viejo como una especie de cazador de escritores, buscando la forma de conectar con el lado creativo de las personas.

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    1. Cambié el relato a medida que lo escribí, en la idea principal yo retenía el viejo con el ático de mi casa y le robaba sus historias. Me pareció que podrían descubrirme😁

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      1. 🤣🤣. También hubiese estado original.

        Le gusta a 1 persona

    2. Gracias por las visitas Alicia! Se agradecen de corazón!

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  7. Me gusta pasarme a leer por aquí , gracias a ti.

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  8. Fridha77 dice:

    Me ha parecido fascinante, quisiera saber adonde tienes escondido tanto potencial.
    Saludos!

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    1. Pués en el ático! Jajaa ya quisieras verlo, creo que te defraudará.
      Saludos! Gracias por leerme.

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      1. Fridha77 dice:

        Dudo que me defraude, creo que es hora de que lo bajes del ático y lo entregues a donde pertenece, a todos!
        Te seguiré leyendo, saludos.

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  9. peyreffite dice:

    Buen cuento, imaginativo y original.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchísimas gracias! 😊

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