La primera vez que la vió.

Fue al año de vida, antes ya la había mirado, claro.
Pero sin comprensión alguna de tamaña dimensión.
Al año, sus ojos se dilataron como si comprendiera la infinidad del universo.
Me estremecí al verlo mirarla.
Él sin saberlo, estaba observando un planeta, una vida, una alegoría eterna, un instinto humano, un latir y un sentir.
Le hable de ella un momento antes de enseñarla.
Nunca me prestó tanta atención. Como si supiera, como si su capacidad lógica tuviera lugar para tantísima dimensión de un irrevocable futuro. Porque si él daba el sí, si él se dejaba seducir por ella, su vida iba a cambiar. Estaría atado por siempre, a un sufrimiento especial. A padecer una perpetua constante. Un bucle eterno, de alegría y nostalgia. Exaltación y depresión.

El ritmo de vida estaría alterado por ella para siempre. Quizás podría estar en un examen, en un trabajo, en una cita, en un velorio. Pero siempre iba a estar pensando en ella. En dónde está, en quién la tiene, en quién la trata bien.

Va a disfrutar de los que la disfrutan. De ninguna manera se la puede celar. Ella es deseada, tan deseada como preciosa y perfecta. Pero libre.

No tenía yo en mí haber, algo más perteneciente que ella para ofrecerle. Cuando sos padre, querés darle solo lo mejor a tu hijo. Y estoy seguro que el mundo está lleno de cosas maravillosas para ofrecer a un recién llegado.
Pero en mí poder solo se encontraba ella. Y con una mezcla de orgullo y miedo. Se la puse delante de sus ojos ansiosos.

El miedo a que te lastimen cuando das lo mejor de vos nunca lo podes esperar de un hijo. Generalmente se da en las relaciones de parejas. Si bien hasta ese momento me encontré ajeno a ese sentir. Desde que le ofrecí mí mas valiosa pertenencia a mí hijo. Sentí que podía venir esa cuchillada traicionera.
Me arrepentí, es muy chico, no va a entender, ella es muy grande para él. Nada tenía sentido.

Y en ese momento de arrebato interno de calma. La abrazó como si fuese de peluche, con esos brazos cortos y esos ojos cerrados de presionar algo que no querés soltar nunca. Y se durmió arriba de ella.

Yo sonreí sin risa, y llore sin lágrimas. Y me sentí invadido de un júbilo nostálgico. Lo había obligado a vivir su vida detrás de ella, de la misma manera que mí padre me lo inculcó a mí.

No es tan malo después de todo. Fui feliz a pesar de todo. Y no imagino una vida sin ella. Porque la vida es eso que pasa mientras tocas el timbre de una casa y pedís que te devuelvan la pelota.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tan jóvenes pero tan poco vulnerables por ese ángel de la vida. Un saludo.

    Erick de Escritoreando.com

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    1. Muchas gracias Erick por pasar y comentar!
      Saludos, nos estamos leyendo.

      Le gusta a 2 personas

      1. Fabian gracias a ti de verdad.

        Le gusta a 2 personas

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