El viaje.

Y es que aferrándose a la inexistencia de la muerte, le deberíamos a la vida algo más que latidos absurdos.
Tanto más que absurdas rutinas, ciclos de tiempos, baby showers y velorios.

En una parte de mi remoto e inexplorado cerebro, vive una aldea cuya organización gubernamental a activado el más benefactor plan conspirativo que ha existido y posiblemente existirá.

Es una aldea de no más de 500 habitantes, en los cuales priva una noción diezmada de el destino de los hombres. Aquí el secreto del sistema: la muerte no existe. ¿Cómo? Pues fácil, no hay nadie que haya presenciado la muerte de nadie entre los vivos.
Todos los habitantes viven una día a día desigual a nuestro día a día. Viven como si fuesen a ser eternos, y no por que crean en eternidades, es que desconocen el perecimiento. Y no convive con ellos esa extraña, estúpida y controvertida pseudo frase “Vive como si fueras a morir mañana.” No se que trata de alentar esa frase, si a mi me dicen eso, tengo la idea de que viviría con un desfibrilador en la mochila.
La vida humana aquí, en este paraíso habitacional once mil estrellas, dura exactamente 65 años. Ni uno más, ni uno menos. Claro que a nadie le interesa lo mas mínimo cumplir años, porque no significarían la proximidad a nada en sí. Mas que los años, se podrían festejar los días o horas. Aunque seguramente todo festejo relacionado con el paso del tiempo seria contemplado como absurdo, y se empezarían a celebrar con grandes banquetes las puestas de sol, por ejemplo.

¿Y la eternidad? No existe.

Olvidé aclarar que aquí los gobernantes también tienen el descaro de mentir. Pero quedará aquí demostrado que la mentira suele ser condenada por principios más que por motivos.

El gobierno, tiene una base secreta en una isla alejada a la que no es posible llegar, ya que nadie conoce el lugar, ni existe Google Earth.
La isla, consta de un hotel tan lujoso que la imaginación no logra rozar siquiera las prestaciones mínimas con las que cuenta.

Entonces repasemos. Vivís una vida de alegría ostensible, en la que no es necesario tener creencias, ya que el “cielo” seria terrenal. Los pecados no cargarían la mente de nadie, al no existir juicio final, y nadie viviría pensando que hay un hombre grandote que nos espía. Entonces viviríamos como animales. Y no se tome animal como algo visceral, si no como lo más sagrado de la fauna: el presente. No hay futuro posible porque no hay orientación alguna que nos haga pensar en que podríamos hacer mañana. No hay necesidad tampoco de reincidir en el pasado, ya que cuando uno vive un intenso presente no sabe ni que comió el día anterior. Por lo tanto, todo recuerdo precioso quedaría suplantado descaradamente con un presente mejor.

Retomando, existe una vida de presente. Los impuestos que se abonan son para “El viaje de tu vida” así lo podríamos llamar. Cumplido los 64 años, se recibe una carta como la de Hogwarts, dónde se anuncia la fecha exacta en la que, el habitante, será recogido por el micro que lo llevará para siempre y sin retorno a “El viaje de tu vida”. Llegado el día, todos te despiden alegremente, deseando un disfrute épico y sin igual. Y uno se va extasiado, expectante, lleno de vida. No solo dejando una excelente, y jovial imagen de uno mismo para con sus familiares y amigos, si no que también, uno se prepara para lo que viene como si fuera un joven, con ansiedad y posiblemente empiece a experimentar durante el viaje las primeras experiencias de las viejas civilizaciones: recuerdos y pasados bellos, pero serían explotados rápidamente por la adrenalina y la expectativa que te genera el nuevo destino.

Lo que queda para el viajero, bueno, es llegar a un lugar bonito, imaginable en realidad, aunque no por eso menos asombroso. Y vivir despejado, relajado, en la playa, con cóctel y música. Hasta morir. Luego, miembros gubernamentales que trabajan en el lugar, se encargarían de el crematorio, y de volver a preparar el sitio para las siguientes personas que acabarán de llegar.

Lo que queda para los familiares y amigos es el seguir celebrando las puestas de sol, porque no también las lluvias. Y la tranquilidad que genera el desconocer el perecimiento de nosotros mismos. Esa pesada piedra que por mera cobardía, nos ha hecho inventar otras vidas eternas, en lugares mejores que este, en manos de seres todopoderosos. Donde nos venden la valentía al precio de la empatía con los dioses y la apatía con los iguales.

Hay pocos factores que desalientan este sueño de viaje ideal. Las enfermedades y las muertes tempranas. Cuando se avance científicamente en esos aspectos y se llegue a el control total de esa situación, podríamos empezar a vivir en un mundo mejor.

En el que el reloj, el papel, y los Dioses no sean protagonistas.

Puede que tal vez el impedimento de volar no sea otra cosa que la pesada mochila de la muerte. Puede que al desconocer la muerte la gravedad ya no nos afecte como tal.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Es muy curiosa esta aldea y su forma de vivir ,en la cual, en este supuesto lugar se vive felizmente hasta los 64 años ,rodeados de ls tuyos con plena felicidad,sin enfermedades ni tristezas y luego en el último tramo de tu existencia te encuentras solo …
    Muy curioso.

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    1. Creo que la felicidad (tanto como la tristeza) no pasa por los que se van (mueren) si no por los que quedan. Porque eso prevalece la idea de vivir como si no hubiese perecimiento. Y para el que se va, lo espera más gente de su edad. Y si se siente mal, seguro tienes a mano alguna pastilla ibuprofénica para dormir plácidamente hasta irse a otro paraíso desconocido, ya sabes todavía está en modo Beta y se están haciendo pruebas en el Área 51.

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